2 días en Toronto: ¿Se parece tanto a Nueva York?
Verás en muchas guías de viajes que Toronto es una ciudad al más puro estilo norteamericano. ¿Es verdad que se parece tanto a Nueva York como dicen? Sigue leyendo y lo descubrirás…
📍 Antes de proseguir: Este post forma parte de nuestra Ruta de 14 días por el Este de Canadá: Guía real de Tadoussac a Niágara. ¡Échale un vistazo para ver el itinerario completo!

Índice
Un «Diner» de película: Fran’s Restaurant
El mejor mirador de Toronto: Esperando el anochecer desde Ward’s Island
¿Merece la pena subir a la CN Tower?
Ambiente de béisbol y camino al Mercado de San Lorenzo
Chinatown: Un trozo de Asia en Toronto
Comida asiática en el centro: un acierto a deshora
Al igual que hice con Quebec, voy a unir en un solo post mis dos días en Toronto para que os sea más fácil encontrar toda la información necesaria y planificar vuestra estancia en la ciudad más grande de Canadá. Os mostraré todo lo más importante que ver en Toronto, ¡Allá vamos…!
Aparcar en Toronto: El reto de aparcar en el corazón de la ciudad
Era nuestro día 9 en Canadá, e íbamos a pasar allí dos noches. El día anterior habíamos tenido un día inolvidable, disfrutando de un Crucero por las Mil Islas, y habíamos escogido para ello el puerto de Rockport.
Os confieso que los nervios me acompañaron durante las tres horas de camino entre Rockport y Toronto. El motivo: el aparcamiento. Nuestro hotel estaba en pleno centro, y meter un coche de alquiler en ese caos sin conocer la zona no entraba en nuestros planes. Además, el hotel no disponía de parking propio.
Pasé días investigando hasta que di con la que creí la mejor solución: dejar el coche cerca de Casa Loma. Aunque es una zona céntrica, no tiene el agobio de tráfico del Downtown.

Si habéis estado en Nueva York, no me digáis que esta foto no os recuerda a Manhattan. Incluso tiene esos callejones tétricos entre los edificios que tantas veces hemos visto en las películas americanas.

Nuestro «plan maestro» (con un toque de suerte)
Aparcamos el coche durante dos días en las inmediaciones de Casa Loma, la visitamos y desde allí pedimos un Uber con las maletas directos al hotel. Para irnos hacia las Cataratas del Niágara, hicimos lo mismo a la inversa.
Pero aquí os cuento la verdad: tuvimos muchísima suerte. Coincidió que nuestra estancia en Toronto fue en fin de semana y el aparcamiento en la calle era gratuito. Si hubieran sido días de diario, no habría sido posible, ya que al ser zona residencial sólo permiten aparcar unas pocas horas seguidas. Os confieso que esto fue casualidad y no tenía un «Plan B», así que nos salió redondo. Si vais entre semana, la solución sería buscar un parking de pago por la zona y dejarlo allí los dos días, o quizás hacer lo mismo que nosotros, pero en un barrio donde el aparcamiento fuera gratuito. Por supuesto, siempre está la opción de coger un hotel con parking.
Casa Loma, ¿castillo o mansión?

Nuestra primera parada oficial fue Casa Loma, aunque sólo la vimos por fuera. El exterior es imponente, una mezcla entre mansión de lujo y castillo. Nos encontramos con personajes disfrazados de época y un Rolls-Royce antiguo aparcado en la entrada, lo que completaba una estética preciosa.


Sin embargo, decidimos no entrar. El precio de la entrada nos pareció excesivo para lo que ofrecía, especialmente al no tener una historia muy antigua detrás. Nos hicimos las fotos de rigor y pusimos rumbo al hotel. No obstante, si a ti te apetece entrar, aparte de en la propia taquilla de Casa Loma, puedes comprar las entradas cómodamente a través de Getyourguide. Vuelve al blog para contarme si mereció la pena.

Nuestro «lujo» en el centro: Hotel Pantages Toronto Centre
Nuestro cuartel general fue el Hotel Pantages, un auténtico golpe de suerte. Lo reservé en Booking con mucha antelación y, a los pocos días, ¡el precio se dobló! Conseguir una habitación a este precio en un hotel de este nivel fue una señal de que no debía soltarlo, a pesar de no tener parking.
Fue el mejor hotel del viaje. Estábamos a dos minutos de Dundas Square, que es lo más parecido a Times Square en Nueva York: pantallas gigantes, anuncios y un bullicio constante. Teníamos habitaciones enormes en un piso bastante alto con ventanales directos a los rascacielos. Si encontráis una buena oferta, merece muchísimo la pena. El hotel está realmente genial, y la ubicación es la mejor.

También al lado del hotel teníamos el Hockey Hall of Fame. Y es que el hockey sobre hielo es el deporte nacional de Canadá.

Un «Diner» de película: Fran’s Restaurant
Una vez instalados, fuimos a Fran’s, un restaurante tipo Diner americano justo al lado del hotel. Todo en Toronto te recuerda a EE. UU. y especialmente a Nueva York. Comimos unos tremendos costillares a la barbacoa.

Nos gustó tanto y era tan cómodo tenerlo ahí debajo, que repetimos para desayunar. Tienen opciones contundentes que valen por una comida completa y, como en las pelis, la camarera pasa constantemente para rellenarte la taza de café si así lo quieres.
Mi hermana y yo pedimos el menú que no llevaba patatas fritas, porque la verdad es que se nos hacía muy raro desayunar patatas fritas con café con leche. Pero a los chicos del grupo siempre les vienen bien las patatas fritas, sea la hora que sea…
Para estar en el centro, el precio está muy bien. ¡Recomendado 100%!

El centro de Toronto
Nuestra filosofía para estos días fue disfrutar sin prisas. La ubicación del hotel nos permitía callejear fácilmente. Mi intención era hacer el recorrido en dos tiempos: primero a la luz del día y después repetir de noche. Toronto iluminada tiene una energía totalmente distinta que no os podéis perder.

La Plaza del Ayuntamiento
Tras el bullicio de Dundas Square, llegamos a la Plaza Nathan Phillips. Es un punto clave porque allí están las famosas letras gigantes de «Toronto». A la luz del día, la plaza rebosa vida.

Lo más interesante es el contraste arquitectónico: justo al lado del moderno ayuntamiento (City Hall), se alza el Old City Hall, el edificio antiguo de piedra con su torre del reloj. Se trata de una parada obligatoria para ver cómo conviven pasado y presente.

Rumbo a las islas: la mejor panorámica de Toronto
Desde el Ayuntamiento bajamos hacia la zona del puerto. Teníamos planeada la subida a la CN Tower para la mañana siguiente. Esa tarde el plan era cruzar en ferry a las islas de Toronto, en el Lago Ontario. Había leído que desde allí la vista del skyline era espectacular y, efectivamente, no exageraban: es una imagen impresionante.

No llevábamos los billetes comprados con antelación porque no queríamos atarnos a un horario fijo, pero no fue un problema. A pesar de que había gente, la cola avanzaba muy rápido y los ferries salen continuamente, así que compramos los tickets allí mismo sin ningún problema.
Es importante saber que hay tres islas principales y diferentes barcos según el destino al que te dirijas. Como mi objetivo era encontrar el punto más fotogénico para capturar la silueta de la ciudad sobre el agua, nosotros tomamos el ferry hacia Ward’s Island. Es, sin duda, el lugar ideal si lo que buscas es esa foto icónica de los rascacielos recortados sobre el lago.
En Centre Island hay un parque de atracciones, por lo que es muy visitada por familias que van a pasar el día. Pero si lo que estás buscando es un punto panorámico, no lo dudes: tu isla es Ward´s Island

El mejor mirador de Toronto: Esperando el anochecer desde Ward’s Island
Mi idea era llegar a las islas todavía de día para ver cómo cambiaba la silueta de la ciudad con las distintas tonalidades de luz hasta que anocheciera por completo. Como en julio los días son muy largos, aprovechamos para dar un paseo por la isla hasta llegar a una playa que estaba a rebosar de gente disfrutando de un caluroso día de verano. Resulta curioso, porque el Lago Ontario es tan inmenso que realmente sientes que estás frente al mar. El ambiente era totalmente playero, pero siendo un lago, para nosotros era extraño.

Volvimos al punto panorámico, a esperar que se encendieran las luces de los rascacielos. Ver el skyline transformarse poco a poco desde la otra orilla es una experiencia que recomiendo hacer sin prisas.

Fue maravilloso ver cómo la ciudad cambiaba de tonalidad hasta quedar totalmente iluminada. Es un recuerdo que no vamos a olvidar. De hecho, y aunque yo ya lo llevaba planeado, fue la única petición que había hecho mi hijo, ir hasta este punto panorámico. ¡Tenía clarísimo que esa foto no podía faltar en su perfil de Instagram!


Regreso al continente: Toronto a pie de calle
En cuanto anocheció por completo y disfrutamos un buen rato de esa imagen, nos pusimos en la cola para el ferry de vuelta. Reconozco que nos entró un poco de apuro al ver la fila tan larga, ya que era tarde y temíamos perder el último barco, pero el servicio funciona de maravilla.
El trayecto apenas dura unos 15 minutos, por lo que enseguida estábamos de nuevo en el continente.
Si quieres conocer qué vimos en Toronto esa noche y quieres admirar su belleza bajo las luces, visita nuestro post Toronto de noche: simplemente, espectacular
¿Merece la pena subir a la CN Tower?
A la mañana siguiente, tras un copioso desayuno en Fran’s Restaurant, pusimos rumbo a la CN Tower. La noche anterior, desde la comodidad de la habitación, compré las entradas on line. Como os comenté en otros posts, una de las grandes ventajas de Canadá es que, aunque hay turismo, nunca llega a ser masivo. Es una maravilla poder comprar entradas con sólo unas horas de antelación o incluso en la misma taquilla. Aquí os dejo el enlace a la página web oficial, por si os sirve de ayuda.

Ese día despertamos con una temperatura bastante alta y, mientras hacíamos la cola para subir, el sol ya empezaba a picar con fuerza. Por suerte, la organización es buena y la fila avanzó rápido, así que no estuvimos demasiado tiempo a la intemperie.
Una vez arriba, y como el día estaba completamente despejado, las vistas eran muy nítidas. Se divisa todo Toronto, e incluso pudimos localizar la isla donde habíamos visto el anochecer el día anterior.


Para los más valientes, hay una sección con suelo de cristal que da verdadero pánico si tienes vértigo. Yo me mantuve prudentemente alejada, pero mi marido, que tenía que probarlo sí o sí, llegó incluso a sentarse en él para la foto. ¡A mí me daba miedo hasta mirarlo!

Existen también una especie de camas panorámicas o zonas de inclinación, sobre las que te recuestas casi sobre el mismo cristal para disfrutar aún más de las vistas.

Para los super valientes (entre los que no nos encontramos), hay una actividad sólo recomendada para los que no tengan nada de vértigo. Se llama EdgeWalk. Es, literalmente, dar un paseo por el borde exterior de la plataforma principal de la torre, a unos 356 metros de altura, sujeto sólo por un arnés. Yo, por supuesto, ¡ni loca me subiría ahí! Pero quizás vosotros seáis más aventureros, y decidís probarlo. Si es así, ¡volved por aquí a contarnos lo locos que estáis!
Dicho todo esto, os doy mi opinión sincera sobre la CN Tower: Sé que cuando vas a una ciudad así, quieres siempre visitar los lugares más emblemáticos, así que yo no quería irme de Toronto sin subir a su icono. Sin embargo, os recomiendo hacerlo sólo si el día está totalmente despejado. Si no es así, creo que no merece la pena el precio de la entrada.
Para ser sincera, las vistas están bien, pero no me parecieron espectaculares ni mucho menos. Es más la satisfacción de decir «he estado allí» que la belleza del paisaje en sí. Así que, si por cualquier circunstancia no podéis subir, no os quedéis pensando que os habéis perdido algo maravilloso. Al menos ése es mi punto de vista. Pero ya se sabe: para gustos, colores.
Ambiente de béisbol y camino al Mercado de San Lorenzo
Al bajar de la CN Tower, pasamos por el Rogers Centre, el estadio de los Toronto Blue Jays. Nos cruzamos con un montón de aficionados que se dirigían a un partido de béisbol vestidos con los colores del equipo. Fue una estampa de lo más americana, de nuevo como en las pelis.
Nuestra siguiente parada era el Mercado de San Lorenzo (St. Lawrence Market), que nos pillaba a unos 20 minutos caminando. Aunque no era una distancia excesiva, el sol estaba pegando con muchísima fuerza y el calor era intenso. Mi hijo no paraba de quejarse de la temperatura, y mi marido no paraba de recordarle que parecía mentira que un chico de Almería se quejara de calor en Canadá. ¡Pero es que hay que reconocer que hacía mucho calor!
El Mercado de San Lorenzo y un cambio de planes familiar

Llegamos al Mercado de San Lorenzo deseando entrar, más que nada para protegernos del calor sofocante. Si os digo la verdad, el mercado me dejó una sensación de «ni fú ni fá». Está bien si pasáis por la puerta y queréis echar un vistazo, pero en mi opinión, ir expresamente hasta allí como hicimos nosotros no merece mucho la pena.
En mi planificación del día, el siguiente punto fuerte era el Barrio Chino (Chinatown). Había leído que es uno de los más grandes e importantes de Norteamérica y no me lo quería perder por nada. Sin embargo, mi hijo ya estaba insufrible con el tema de caminar bajo el sol. Estaba claro que su paciencia se había agotado.
Le ofrecimos la mejor solución para todos: que se fuera al hotel a disfrutar del aire acondicionado a tope y a probar el gimnasio. Preferimos no verle más la «cara larga» y seguir nosotros con la exploración. Al pasar por la puerta del hotel, mi hermana, que tampoco soporta bien las altas temperaturas, decidió seguir sus pasos y quedarse allí. Así que, finalmente, nos quedamos mi marido y yo solos ante el peligro… ¡Y es que unos cuantos grados de más no iban a poder con mis genes almerienses! ¡Faltaba más!
Inmersión total en Chinatown: Un trozo de Asia en Toronto
Al adentrarnos en el Barrio Chino, el paisaje de la ciudad cambia de forma drástica y repentina. Dejamos atrás los enormes rascacielos para encontrarnos con casas de dos o tres alturas y un ambiente mucho más caótico. El maremágnum de cables eléctricos era digno de fotografiar.

Hay infinidad de restaurantes y tiendas con los carteles escritos exclusivamente en chino. Verdaderamente, por un momento, dejas de sentir que estás en Canadá.

Me gustó muchísimo la experiencia. He visitado barrios chinos en otras grandes ciudades y siempre me habían parecido lugares «sin alma», diseñados más para el turista que para los residentes. Pero éste era distinto: aquí se respiraba vida de verdad. Es un barrio chino auténtico, con su bullicio y sus olores y colores particulares.
Después de unos cuantos kilómetros a nuestras espaldas y realmente acalorados, decidimos que ya era hora de volver al hotel, pero esta vez en tranvía. Fue sencillísimo: pusimos el nombre de nuestro hotel en Google Maps, nos indicó el número de línea y en un periquete estábamos de vuelta en Dundas Square. Una forma cómoda y rápida de cerrar nuestra exploración mientras el resto de la familia seguía disfrutando del aire acondicionado.
Comida asiática en el centro: un acierto a deshora
Tras el tute de la mañana y con el copioso desayuno ya en el olvido, el hambre empezó a apretar. Eran las tres de la tarde, una hora bastante «rara» para sentarse a comer en Canadá, pero nosotros seguíamos con nuestro ritmo español.
Como veníamos del Barrio Chino, me había quedado el antojo de comida asiática. Sin embargo, aunque vimos muchísimos locales auténticos, tengo que reconocer que no me dieron buena impresión. Desde fuera no me parecían locales demasiado limpios, así que decidimos buscar algo con buenas críticas en la zona céntrica, más cerca de nuestro hotel.
Fue un acierto total. Encontramos un restaurante asiático que estaba abierto a esa hora y donde comimos de maravilla a un precio muy razonable. Lo mejor, sin duda, fue el trato: los camareros, de origen chino, fueron muy simpáticos. Se alegraron muchísimo de tener clientes españoles, algo a lo que no estaban acostumbrados. Esos detalles son los que hacen que una comida sepa todavía mejor. Si os apetece comida asiática durante vuestra estancia en Toronto, os recomiendo el Yueh Tung Restaurant, a espaldas del Eaton Center.
Compras en el Eaton Centre y refugio contra el calor
Después de comer, los chicos se fueron al hotel a descansar un rato, pero mi hermana y yo decidimos aprovechar la energía que nos quedaba para ir al CF Toronto Eaton Centre. Había leído que es uno de los centros comerciales urbanos más grandes y espectaculares del mundo, y la verdad es que es inmenso.
Teníamos pendiente comprar un detalle para mi madre y sabíamos que allí, con la cantidad de tiendas que hay, encontraríamos algo perfecto para ella. Estuvimos un par de horas recorriendo sus pasillos kilométricos y, una vez cumplida la misión del regalo, pusimos rumbo al hotel, que estaba a sólo unos pocos minutos a pie. El calor seguía siendo sofocante y nosotras también nos moríamos por un rato de tranquilidad y aire acondicionado. Estuvimos descansando un buen rato, esperando a que bajara la temperatura para volver a conquistar la ciudad.
Esa noche acabamos tomando unas fotos maravillosas en la terraza del Bisha Hotel Toronto. Pero para verlas tendrás que entrar en nuestro post de Toronto de noche: simplemente, espectacular
No te pierdas tampoco nuestro siguiente día en Las Cataratas del Niágara