Crucero por las Mil Islas desde Rockport
¿Estás planeando un crucero por las Mil Islas y no sabes qué puerto es el mejor? En este post te cuento por qué nosotros elegimos Rockport, y cuáles son las ventajas de hacerlo.
📍 Antes de proseguir: Este post forma parte de nuestra Ruta de 14 días por el Este de Canadá: Guía real de Tadoussac a Niágara. ¡Échale un vistazo para ver el itinerario completo!

Índice
El cambio de paisaje: Entrando en zona residencial de lujo
¿Por qué elegir Rockport para las Mil Islas?
Gastronomía con vistas al San Lorenzo: El Cornwall’s Pub
Eligiendo el mejor crucero por las Mil Islas
La joya de la corona: El Castillo de Boldt y su leyenda
Paseo al atardecer y una sorpresa inesperada
Un despertar de reinas frente al San Lorenzo
Esa mañana, bien tempranito, nos despedimos de la magia de Quebec, cogimos de nuevo el coche y pusimos rumbo al sur. En nuestro día 8 en Canadá, cruzábamos la «frontera» invisible hacia la provincia de Ontario con un objetivo claro: disfrutar de un crucero por las Mil Islas.
Las Mil Islas (conocidas en inglés como Thousand Islands) son un archipiélago de más de 1864 islas situadas en la desembocadura del Río San Lorenzo, justo donde nace el Lago Ontario. Este impresionante paisaje se extiende a lo largo de la frontera entre la provincia de Ontario (Canadá) y el estado de Nueva York (EE. UU.) Una parte importante del archipiélago conforma el Parque Nacional de las Mil Islas de Canadá, uno de los más antiguos del país

Teníamos por delante unas 5 horas de viaje. Ésta fue la ruta más larga que hicimos del tirón en todo nuestro recorrido por Canadá. Nuestro plan era llegar con tiempo de sobra para comer sin prisas, instalarnos en nuestro hotel y dar un paseo por el pequeño y encantador pueblo de Rockport antes de embarcar a las 16:30 horas.
El cambio de paisaje: Entrando en zona residencial de lujo
Durante el trayecto fuimos testigos de cómo el entorno se transformaba. Dejamos atrás la frondosidad salvaje del norte de la provincia de Quebec para adentrarnos en un paisaje muy verde, pero no exuberante. Aunque no tenía la espectacularidad de los parques nacionales de días anteriores, el interés cambió de foco al acercarnos a la zona de las Mil Islas.
Lo que realmente nos maravilló no fue ya la naturaleza, sino la espectacularidad de las casas que empezaban a asomar. Todo se veía extremadamente cuidado, con jardines impecables y mansiones de ensueño. Definitivamente, se notaba que estábamos entrando en una zona de veraneo para gente muy adinerada. ¡Daba gusto simplemente ir mirando por la ventanilla!

¿Por qué elegir Rockport para las Mil Islas? Mi «descubrimiento» logístico
Como os adelanté en mi post Ruta de 14 días por el Este de Canadá, elegí el puerto de Rockport por delante de los famosísimos Gananoque o Kingston. Y lo hice, curiosamente, por el hotel que encontré allí.
Rockport no aparecía en casi ninguna de las guías o blogs que había consultado previamente, pero buscando en Booking di con el hotel Boathouse Country Inn y no lo dudé ni un segundo. Tenía un precio imbatible y unas características que lo hacían irresistible:
- Ubicación privilegiada: Justo a orillas del Río San Lorenzo, con unas vistas increíbles desde la misma puerta.
- Comodidad máxima: Estábamos literalmente al lado del embarcadero desde donde saldría nuestro crucero por las Mil Islas.
- Fácil aparcamiento: En una zona donde aparcar es misión imposible (y caro), tener el parking incluido en el alojamiento fue importantísimo
Además, el hotel cuenta con un restaurante muy bueno, lo que nos permitía olvidarnos del coche por unas horas y simplemente disfrutar del entorno. Como estábamos justito al lado del embarcadero, comeríamos sin el agobio del tiempo.

Un motel de película y el encanto de lo auténtico
Llegamos a Rockport a la una de la tarde, listos para una nueva aventura. Lo mejor de este viaje es que cada día es radicalmente distinto al anterior, pero todos tienen algo fascinante: es el equilibrio perfecto entre naturaleza impresionante y ciudades con historia.
La recepción del Boathouse Country Inn tiene su punto curioso: está en la misma barra del bar-restaurante. Al llegar, el sitio estaba a tope, lo que nos dio buena espina. Si había tanta gente, ¡es que se comía bien!

El sueño del motel americano
Mientras nos preparaban las habitaciones, dejamos las maletas en el coche. Me hizo muchísima ilusión el concepto de motel, porque era exactamente como los que tantas veces hemos visto en las películas americanas: la puerta de tu habitación da directamente a la calle y tienes el coche aparcado justo delante. ¡Qué lástima no haber hecho ninguna foto! Pero claro, por aquel entonces aún no tenía en mente hacer este blog….
Eso sí, hay que ser realistas: las habitaciones de este hotel son muy sencillas y el baño está bastante anticuado. Como se decía en los tiempos de la peseta, nadie da “duros a cuatro pesetas”. Teniendo en cuenta el precio tan competitivo y la ubicación inmejorable, ya me imaginaba que no sería un lujo asiático. Pero hay que tener en cuenta que la habitación era muy grande, con su propia máquina de café, y que disponía de dos camas dobles, lo que era una gozada para dormir a pierna suelta…. Lo importante es que la relación calidad-precio era la adecuada. Recibimos justo lo que pagamos, y eso fue lo importante.
El «secreto» al abrir la puerta trasera
Pero atención, porque aquí viene la magia. Aunque la habitación sea austera, te olvidas de todo en cuanto abres la puerta posterior. Da a una pequeña terraza exterior con vistas a un embarcadero de lanchas que es una auténtica maravilla. El lugar tiene un encanto especial que compensa el interior de la habitación.

A la mañana siguiente, cuando tomamos un café sentados frente al embarcadero, con ese día tan radiante, mi hermana y yo nos sentimos “como reinas”. No necesitábamos más lujo que ése. Definitivamente, la opción del hotel había sido buena.
Gastronomía con vistas al San Lorenzo: El Cornwall’s Pub
Comimos de maravilla en la terraza del restaurante del hotel, el Cornwall’s Pub, confirmando lo que ya habíamos leído en las críticas previas: ¡un acierto total!
Pero lo que realmente me robó el corazón fue el bar tipo quiosco de madera que tiene el propio pub justo a orillas del río. Era exactamente lo que buscaba: tomarnos una cerveza al sol contemplando unas vistas maravillosas que te dejaban sin aliento.


Una vez más, la vista nos engañaba. Era como estar frente al mar o a un gran lago. Nunca en mi vida había visto un río con semejante anchura. Me constaba creer que fuera un río
Lo más curioso de este rincón es que, al mirar hacia la otra orilla, lo que estás viendo es Estados Unidos. En esta zona, el Río San Lorenzo es la frontera natural entre ambos países. Estábamos saboreando una cerveza en Canadá mientras contemplábamos Estados Unidos a lo lejos.

Después de comer, y como aún nos sobró tiempo antes de zarpar, fuimos a dar un paseo por la zona. ¡Nos quedamos anonadados contemplando las mansiones! Eran las clásicas casas que se ven en las películas americanas, con unos jardines impecables y esa arquitectura tan característica de esta parte del mundo… ¡Quitaban el hipo!


Más tarde, ya desde el barco, nos dimos cuenta de que muchas de estas propiedades eran aún más espectaculares por su cara al río. Además, muchas de ellas contaban con embarcadero propio. Definitivamente, estábamos alojadas en un motelito de dos estrellas, pero rodeados de puro lujo.


Eligiendo el mejor crucero por las Mil Islas

Al planificar la ruta en la web de los cruceros de Rockport, Rockportcruises.com, me encontré con varias opciones. Descarté el crucero de una hora por quedarse corto, así que mi primera idea fue el de dos horas. Sin embargo, el horario de salida (13:30 h) no nos encajaba por dos motivos fundamentales:
- El margen de error: Con 5 horas de carretera desde Quebec, cualquier imprevisto nos habría hecho perder el barco.
- El rompecabezas de las comidas: Salir a esa hora nos obligaba a un madrugón excesivo para comer antes de zarpar. Y si esperábamos a bajar del barco, nos arriesgábamos a encontrar las cocinas cerradas, ya que los horarios canadienses no son como los nuestros.
Por todo esto, decidimos que la mejor opción era el crucero de 3 horas (salida a las 16:30 h). Fue la decisión más inteligente: nos permitió viajar tranquilos, disfrutar de una comida relajada en el pub y conocer Rockport sin mirar el reloj. Además, al ser un pueblo tan pequeñito, no había mucho más que explorar una vez bajáramos del barco, así que no nos importaba pasar más tiempo navegando
Si en lugar de comprar el ticket para el crucero a través de su propia página web lo quieres hacer a través de la plataforma de Getyourguide, lo puedes hacer aquí, ya que los precios casi no varían.
Te muestro en este pequeño vídeo cómo es el barco por dentro. Como podrás ver, en pleno mes de julio, apenas había gente. Sin lugar a dudas, si huyes del turismo masivo, éste es tu sitio.
Reconozco que al principio pensé que tres horas se harían pesadas, pero nada más lejos de la realidad. ¡Se nos pasó volando! El trayecto es maravilloso y, con ese sol espectacular pero sin calor excesivo, lo disfrutamos de lo lindo. Las mansiones a lo largo de la orilla eran increíbles, pero es que también las había en medio del río, sobre pequeñas islas privadas.


La joya de la corona: El Castillo de Boldt y su leyenda
El punto más destacado de la navegación por las Mil Islas es el Castillo de Boldt. Esta imponente construcción en Heart Island es famosa no solo por su arquitectura, sino por la historia de tragedia personal que detuvo su construcción a principios del siglo XX

A finales del siglo XIX, George Boldt, el multimillonario gerente del famoso hotel Waldorf Astoria de Nueva York, quiso materializar su amor por su esposa Louise con un regalo sin precedentes. Adquirió la antigua Hart Island, le dio forma de corazón —rebautizándola como Heart Island— y en 1900 inició la construcción de una residencia de verano monumental.
Boldt no escatimó en lujos, pero el destino tenía otros planes:
- 1904: Con la obra casi terminada, Louise murió repentinamente.
- El abandono: Devastado, Boldt ordenó detener los trabajos de inmediato. Nunca regresó a la isla, dejando el castillo a merced del tiempo durante más de 70 años
- El renacimiento: En 1977, la Autoridad del Puente de las Mil Islas adquirió la propiedad por el precio simbólico de 1 dólar. ¿La condición? Reinvertir cada céntimo del turismo en restaurar este sueño arquitectónico.

¿Canadá o Estados Unidos?
Aunque se visita frecuentemente desde Rockport (Canadá), el Castillo de Boldt pertenece técnicamente al estado de Nueva York (EE. UU.). Al estar ubicado justo en la frontera fluvial del Río San Lorenzo, es el punto estrella de los recorridos que cruzan a aguas estadounidenses.

Consejo de experto: No todos los cruceros llegan hasta aquí. Para admirar esta espectacular edificación de cerca y navegar por la zona estadounidense, es imprescindible elegir el tour de 3 horas. Puede que el de 2 horas también llegue hasta allí. No te olvides consultar en la página web de Rockport Cruises, porque los horarios y recorridos puede que cambien de un año para otro. Rockportcruises.com


Paseo al atardecer y una sorpresa inesperada
Una vez bajamos del barco, como todavía era temprano para cenar, mi marido y yo aprovechamos para dar otro paseo por los alrededores. Hacía un día espectacular y nos resistíamos a encerrarnos en la habitación teniendo ese paisaje delante.
Empezamos a caminar, y muy cerquita del puerto de los cruceros llegamos a un pequeño puerto deportivo, con varios de yates amarrados.

A la hora de la cena, decidimos repetir en el restaurante de la comida. Se comía bastante bien, así que no vimos necesidad de coger el coche para buscar otro sitio. La comodidad de tenerlo al lado del motel era un punto a favor.

Mientras cenábamos, y como estábamos en la terraza exterior, una ardilla cruzó a nuestro lado. Nos pusimos tan contentos como siempre que las veíamos a lo largo del viaje. Pero la diferencia es que esta vez la camarera estaba a nuestro lado.
No nos entendió, porque no hablaba español, pero sí supo que hablábamos de la ardilla porque la miramos, emocionados. Nos observó con cara de sorpresa (creo que pensando que éramos un poco «tontos»). Para ella, ver una ardilla era lo más normal del mundo y supongo que no podía entender nuestra emoción. Pero para nosotros, era un motivo más para sentir que estábamos en un lugar idílico. ¡Qué le vamos a hacer…!
Más tarde, entre el bullicio del local, medio entendí una conversación de esa misma camarera con otro cliente: ¡esa noche iba a haber fuegos artificiales en el lado estadounidense!
Un 4 de julio con vistas a la frontera
Resulta que ese día era 4 de julio, el Día de la Independencia de los Estados Unidos. Como estábamos justo enfrente, al otro lado del río, pensé que tendríamos una ubicación privilegiada para verlos desde Canadá.
La verdad es que, objetivamente, los vimos bastante lejos y no fue una experiencia «de otro mundo» en cuanto a magnitud, pero se ha quedado grabada en nuestra memoria para siempre. Ahora, cada vez que llegue el 4 de julio, no podremos evitar recordar aquella noche en la que, desde la orilla canadiense, contemplamos los fuegos artificiales de la independencia estadounidense.

Ya de vuelta en nuestra habitación, las vistas desde nuestra terraza trasera volvían a ser maravillosas, esta vez bajo el silencio de la noche.

Un despertar de reinas frente al San Lorenzo
A la mañana siguiente nos esperaba un buen trecho de carretera hasta Toronto, así que decidimos salir temprano. Como el bar-restaurante del motel aún estaba cerrado, improvisamos un desayuno con lo que teníamos a mano: café de la máquina de la habitación y unas galletas de la mochila.
Fue, sin duda, la mejor elección. Desayunamos con calma en la terracita posterior, con las vistas directas al embarcadero y el frescor de la mañana. Tal y como os dije: nos sentimos «como reinas». Con aquel café, el sol empezando a salir y la tranquilidad del río, no podíamos pedir más a la vida. Estábamos, sencillamente, felices. Con las pilas cargadas y las maletas en el coche, pusimos rumbo a nuestra siguiente parada: Toronto.
