Llegada a Río de Janeiro con el miedo en el cuerpo
Cuando alguien se plantea viajar a esta ciudad, lo primero que uno se pregunta es: ¿Es peligroso viajar a Río de Janeiro? Quiero contarte mi experiencia, para que decidas por ti mismo.
Índice
El miedo al aterrizar y la presión psicológica
¿Taxi o Uber en el aeropuerto de Río de Janeiro?
El gran susto del viaje: un desvío inesperado en la oscuridad
Explorando el centro histórico y nuestra regla de oro de seguridad
El miedo al aterrizar y la presión psicológica

Habíamos leído tanto sobre la inseguridad en Brasil en general y en Río en particular, que aterrizamos con un nudo en el estómago. Llegar de noche, desde luego, no ayudaba a calmar los ánimos.
En mi caso, la tensión era doble. A mi propio temor por lo que pudiera pasarnos, se sumaba una enorme presión psicológica: mi marido se había resistido a hacer este viaje por problemas de seguridad en el país, y prácticamente tuve que convencerlo a la fuerza. Sabía perfectamente que, si algo salía mal, cargaría con la culpa el resto de mi vida. Con esa gran responsabilidad sobre los hombros, pusimos un pie en el aeropuerto.
Para curarnos en salud, yo ya llevaba contratado desde España un servicio de recogida en el aeropuerto de Río de Janeiro con conductor privado para que nos llevara directos al hotel.
¿Taxi o Uber en el aeropuerto de Río de Janeiro?
Lo que tenía claro desde el principio era que no quería coger un taxi directamente en el aeropuerto de Río de Janeiro. Había leído demasiadas advertencias sobre los riesgos de hacerlo: no sólo por los típicos timos con el taxímetro, sino también por esa falta de seguridad que tanto nos preocupaba antes de aterrizar.
En este tipo de destinos, lo más recomendable es utilizar un transporte previamente contratado o plataformas como Uber. De esta forma, el trayecto y la identidad del conductor quedan registrados en la aplicación. Cuando coges un taxi al azar en la calle, no hay ningún rastro, viajas en un anonimato absoluto.
De hecho, tras nuestra experiencia en la ciudad, te diré que Uber en Río de Janeiro funciona de maravilla y tiene unos precios sensacionales.
Posiblemente luego la realidad no sea para tanto, pero cuando lees experiencias de otros viajeros a los que les ha pasado algo, prefieres no arriesgarte lo más mínimo. Al fin y al cabo, el miedo es libre, y contra eso no se puede luchar. Lo único que puedes hacer es buscar alternativas que te den tranquilidad.
No empezamos bien
Entre que recogimos las maletas de la cinta y apareció el conductor, pasó un buen rato. Cuando por fin nos encontramos, nos explicó el motivo del retraso: una tormenta tremenda había azotado la ciudad un rato antes, colapsando el tráfico de Río de Janeiro durante un par de horas. Ésa era la razón por la que no había podido llegar a tiempo.
Nos acompañó hasta la calle, donde nos subimos al coche de un conductor distinto que no hablaba español.
A la salida del aeropuerto todavía se veían grandes charcos, el vivo reflejo de la intensa tormenta tropical que había caído un rato antes.
Allí estábamos, en mitad de la noche brasileña, metidos en un coche con un chófer con el que apenas nos podíamos comunicar. El ambiente, a decir verdad, era de lo más extraño. El paisaje que se contemplaba a través de la ventanilla en el camino al hotel se veía completamente desolado: carreteras medio vacías, luces muy tenues y ese silencio que queda tras una gran tormenta. Lo que veíamos y estábamos viviendo no hacía más que alimentar el recelo con el que habíamos llegado.
El gran susto del viaje: un desvío inesperado en la oscuridad
Al salir del aeropuerto, el conductor tomó la autopista principal hacia la ciudad. Pero, de repente y sin decir una sola palabra, se desvió por una carretera secundaria completamente oscura donde éramos el único coche.
Mi marido y yo nos miramos, asustados. ¿A dónde nos llevaba? Por nuestra cabeza pasaron mil escenas, y ninguna buena. Pensamos que acabábamos de aterrizar y ya estábamos en peligro. No os podéis imaginar el miedo real que pasamos durante esos minutos.
Dominada por los nervios, decidí romper el silencio y le pregunté al conductor en inglés que por qué habíamos tomado ese camino en lugar de la autopista. Afortunadamente me entendió y, mezclando palabras entre el inglés y el portugués, me dio a entender que, debido a las inundaciones de la tormenta, ese camino era mejor. Como os podéis imaginar, la explicación no nos tranquilizó en absoluto.
Sin embargo, tras unos minutos que se nos antojaron eternos, ¡voilà!, la oscuridad desapareció y desembocamos de nuevo en una gran avenida principal rodeados de otros coches. El conductor sólo había tomado un atajo para esquivar los problemas ocasionados por la tormenta.
Todo nuestro miedo se esfumó por completo cuando entramos en el Barrio de Copacabana y empezamos a ver gente por la calle. ¡Qué inmenso respiro sentimos cuando el coche paró, por fin, en la mismísima puerta de nuestro hotel!
Entre unas cosas y otras, y tras registrarnos en el hotel, ya eran las 11 de la noche.
Prejuicios y realidad: ¿Es peligroso viajar a Río de Janeiro?
¡Qué mala jugada nos ocasionaron nuestros propios prejuicios! Si esa misma situación nos llega a ocurrir en una ciudad suiza, por ejemplo, estoy segura de que no habríamos sentido el más mínimo temor. Pero estando en Brasil, y con todo el miedo que traíamos de casa, caímos en un pánico infundado.
Evidentemente, la inseguridad en Brasil es una realidad que no se puede negar. Sin embargo, también es cierto que el turismo está muy protegido y los viajeros no suelen tener problemas graves, más allá de los hurtos comunes de móviles o carteras si te despistas, o si te adentras en zonas conflictivas que es mejor evitar. Al fin y al cabo, ¡en mi propia ciudad también hay barrios por los que no se me ocurriría caminar!
Lo cierto es que, a lo largo de los días que pasamos en Río de Janeiro, vimos muchísima presencia de policía e incluso militares por las calles. En ningún momento nos pasó nada ni volvimos a sentir ningún temor más allá de la anécdota del atajo en el coche.
Explorando el centro histórico y nuestra regla de oro de seguridad
Incluso nos movimos por nuestra cuenta por el Centro Histórico. Caminamos por calles abarrotadas de cariocas haciendo su vida normal y comprando en las tiendas locales.

Éramos los únicos turistas por muchas de sus calles y no tuvimos el más mínimo problema.
Eso sí, aplicamos la regla de oro: procuramos sacar el móvil exclusivamente para hacer las fotos y nunca caminamos con él en la mano siguiendo Google Maps, como solemos hacer en otros países. En definitiva, seguimos a rajatabla los consejos de seguridad que habíamos leído y todo fue de maravilla.
Río de Janeiro nos demostró que, viajando con sentido común, se puede disfrutar al máximo de esta ciudad mágica.