Detente en Mont-Tremblant, la Suiza canadiense
¿Te apetece ir a un pueblo de cuento suizo, pero en plena provincia de Quebec? Detente en tu ruta en Mont-Tremblant
Rumbo a Mont-Tremblant: Consejos de carretera y GPS

En nuestro día 3 en Canadá, y tras un par de horas en el Parque Omega, pusimos rumbo a Mont-Tremblant.
Es importante destacar que, aunque es un pueblo de montaña, la carretera para llegar es excelente y se conduce con total tranquilidad. Yo tenía mis dudas, pensando que sería una carretera estrecha y peligrosa, pero todo lo contrario: No dejéis de ir por este motivo.
Eso sí, mucho cuidado con el GPS: Google Maps se confundió y nos indicó que habíamos llegado unos kilómetros antes de alcanzar el verdadero pueblo. Seguid las indicaciones de la carretera si veis que el mapa hace algo raro. Nosotros tuvimos que preguntar a una señora muy amable, que nos indicó la ruta exacta que debíamos seguir.

El reto del aparcamiento y la comodidad del pago
Ya en el destino, yo había estado estudiando el tema de los aparcamientos y sabía que, siendo domingo, podíamos tener problemas, ¡pero no imaginaba que habría tantísima gente! Supongo que entre semana será distinto, pero aquel día tuvimos muchas dificultades para aparcar. Los parkings gratuitos, que están algo más alejados y cuentan con autobús lanzadera, estaban completos. Al final subimos al de pago, situado en la misma entrada del pueblo, y allí encontramos sitio, aunque también estaba bastante lleno.
Si os digo la verdad, me alegré de no haber aparcado en los gratuitos. El parking no fue nada barato (teniendo en cuenta que sólo estuvimos unas horas), pero fue una verdadera comodidad no tener que hacer cola para la lanzadera ni a la ida ni a la vuelta. Al fin y al cabo, en un viaje de este presupuesto, la cosa ya no iba de unos euros arriba o abajo.

Un pueblo de postal: Color, limpieza y el Cabriolet
Una vez en el pueblo, te olvidas de los atascos, del precio del parking y de todo lo demás. Sólo puedes sonreír ante tanta belleza. ¡Qué bonito! No parece real, es como si fuera una maqueta. Las casas de colores están perfectamente pintadas. No había ni una sola fachada que necesitara un repaso.
Como es lógico, el pueblo estaba animadísimo. Nos costó encontrar una mesa libre para comer, pero finalmente lo logramos en una pizzería.

El objetivo era quitarnos el hambre rápido y disfrutar de esas calles tan concurridas y, a la vez, tan impecables. No se veía ni un solo papel en el suelo. Es lo que tanto me gusta de estos países: todo está limpio y la gente es muy civilizada. Da gusto, la verdad

El pueblo tiene una parte alta y una parte baja. Aunque ir de una a otra andando no supone un problema (es una cuesta no muy pronunciada), hay un pequeño teleférico gratuito para hacerlo: el Cabriolet. Aunque veas una cola interminable, ¡va rapidísimo! En unos minutos es tu turno para subir. Ver el pueblo desde las alturas es todavía más emocionante. Parecíamos niños en una atracción de feria… ¡subimos tres veces!


Disfrutamos muchísimo de aquel día. Volvimos agotados al hotel en la que sería nuestra última noche allí, ya que al día siguiente partiríamos hacia el norte en una nueva aventura. El viaje no había hecho más que empezar.
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No te pierdas nuestro siguiente día: Naturaleza en estado puro en el Parque de La Mauricie.